Cuando crece, la palabra se da cuenta de que lo suyo es un puente hacia la esencia. La palabra se domina a sí misma, y toma la distancia que le permite satisfacer el encanto, lo que dice, lo dice.
El sueño trata de desautorizar a la palabra en academia, quizá, soñándola en un espacio más abierto, más auténtico, más llamativo a sus propios profundos válidos intereses, que muchas veces no podemos comprender en una primera instancia.
La palabra que por sí misma pueda respirar, vivir, mantenerse en buen estado, para acceder a lo clásico de una forma tranquila, diría, emocionalmente natural, tendría que nacer móvil. Lúdica. Tendría que reír. Saltar. Bailar. Moverse. Correr. Caerse. Rasparse. Llorar. Aprender a que lo serio es igual de importante que lo divertido. Fundirse en el color del universo, al mismo ritmo que marca el movimiento infinito que nutre nuestra esencia.
Lenguaje que transmite una emoción, a lo sumo, muchas más de las posibles e imaginadas.
Lenguaje y místico. Diálogo que nace. Aurora palabra. Libertad de forma. Acceso al sonido. Catapulta de color. Esencia Fuente. Código natural. Crecimiento audaz. Atrevimiento y realidad. Un ir hacia el más allá, conociendo cada momento con las ganas de probarlas abiertas de par en par. “Flujo que se siente”.
La poesía, en color, cuelga desde un vacío maravilla, para que un lector real la transforme en vital.
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