miércoles, diciembre 27, 2006

RUINA VACÍA

He visto el futuro. Y yo no estaba ahí. Oí una sonrisa pregrabada en los restos de un eco infinito e inabarcable. Recibí la luz la noche en que asesiné a mi hermano. Y todo fue hermoso como una nube en forma de espina dorsal.

Recuerdo cuando Frank O’Hara dijo: “¡Siempre he querido que las cosas sean hermosas, y ahora, por variar un poco, lo son!” Y nos reímos y brindamos por eso, segundos antes de que un comando antiguerrillero irrumpiera, por equivocación geográfica, en nuestro apartamento, y nos cubriera de crema de plomo, dejándonos como los bocetos hipereales que planeábamos para una pronta exposición.

Fui yo quien diseñó el plan para perseguir el futuro y darle de comer antes el tiempo que vendría. Me reía. Y encontraba la verdad tras los cuerpos abandonados en las aceras de las capitales a 2600 metros de altura. Y tenía, esa noche, una taza de café negro tan venenosa, que se me olvidó, de ahí para siempre, dormir.

Y llovía. Y yo reía al ver llover. Y recordé una tarde remota en que mi madre me llevó a conocer lo que era mojarme por la lluvia. Yo miraba una ventana siendo invadida por las cada vez más ansiosas gotas; mi madre me preguntó si quería salir. Yo quería salir, pero frente a esa pregunta no sabía que responder. Todo lo que me habían dicho era que la lluvia enfermaba, y se suponía que una madre debía proteger a su hijo de 4 años. Pero yo asentí, y fue en ese momento en que descubrí que no era yo sólo quien habitaba mi cuerpo, porque no fui consciente de que hubiera afirmado de manera tan categórica y concisa, gestual y silenciosa.

Ella dijo vamos afuera. Me tomó de la mano, y salimos. Y llovía realmente fuerte. Y mi madre me enseñó a llovear: corriendo, quedándonos quietos, sentándonos, abriendo la boca para recibir las gotas que quisieran servir de conducto para paliar nuestra sed, riendo. Reímos mucho.

Cerré los ojos y aún no era de noche. Todo caía con la prisa posmoderna del coito entre el paraguas de un gordo borracho y la máquina de coser de una prostituta infectada con VIH. sobre la cama de un motel en forma de mesa de disección, grabado para satisfacción del administrador del lugar.

Lo erótico. Lo visionario. Lo alucinatorio.

Las luces estaban servidas. Quise reír antes de que todo terminara. 16 balas de un solo calibre se alojaron en mi cuerpo, dejando una sonrisa en mi tórax.

Frank O’Hara brindó por los muchachos no invitados que le dieron el giro a la fiesta. Alguien gritó mientras el señor O’Hara se expresaba. Y nadie parece recordar las palabras de agasajo, porque en la grabación el grito de horror opacó todo lo demás. Parece como si sólo lo hubiera oído yo. Porqué sólo yo lo recuerdo aún. Porqué fui quien respondió algo a su frase amable, delicada y exacta, diciéndole: “Frank, la ciencia a través de la mirada del artista y el arte a través de la vida”.

Cada vez más cerca al mismo instante en que todo se sucede de nuevo.

Todos, de repente, callan.

Las voces que hablaban, loopeadas, fueron borradas. Ya no hay testigos.

Hemos sido, una vez más, engañados en nuestra buena fe, por causas inherentes a esta horrenda época desordenada, y una vez más, el resultado no es más que otro bullente y orgánico collage, simulación verdadera hecha con los restos del artista, del arte.

No me queda más que retirarme.

Buenas noches para todos ustedes, lectores.

Bulbos relucientes de luz natural y divina.

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