I.
El poema dice: “despertar sin prisa”, y lo obedezco.
No hay mucha luz sobre mí en este momento, pero me subo al play reproductor de la voz que continúa recitando: “…lavar mi piel herida a muerte.”
Ahora pienso. Estoy en algún lugar de la noche, completamente roto, totalmente entero, angustiosamente sin ningún atisbo de miedo. Únicamente enfrentado a la voz de un Filtro que se cuela en mi mente y dicta los versos de un poeta que debo buscar, que me urge encontrar si quiero seguir con vida.
Trato de buscar un poco de aire fresco, pero es inútil. Los ruidos de la calle no ayudan demasiado si de meditar se trata. Un grito posiblemente de una violación, un aullido que traduce dolor, un quejido que no se puede relacionar con placer.
Hace frío y una tibieza lejana sólo me cubre los dedos de los pies.
Me aquieto en silencio. Me hundo en un vacío. No respiro. Nada se oye. Atento. Cierro los ojos. Incomunicado. Ausente.
Alimento sólo una esperanza a la que tengo que sacar primero del fango mestizo de la existencia en este mundo.
Con un pie herido que toca el suelo de madera de la habitación, empiezo a recorrer el camino de pasos que me conducirá a la voz de la fortuna: un click poco remoto capaz de dar a luz un mundo. Océano bulloso. Seco y mutado de vigor. Un sueño. Un camino. La palabra pronto llegará al punto de retorno y me golpeará tan fuerte como un beso de Dios. Ciego y sano. Invulnerable al pecado. Callado. Completo.
Aún la noche es el territorio oscuro de la pena. Me hundiré en ella. ¿Cuál palabra sigue a cuál? El primer paso es salir de casa. “An airbag save my life.”
II.
La luz es artificial, espiralada, naranja y finita. Corro paralelo al calor. Al agua hirviendo. Propósito real. Búsqueda de acercamiento cálido. Nutricional. “Afuera la ciudad vomita sus luces desesperadas”, le oigo decir al poeta. Identificarse con esas palabras no duele. El dolor es desprenderse de esa costra de oscuridad que doblega nuestros cuerpos. El dolor es el temor al buen trato.
Simulo un vacío. Muto a un silencio herido al costado. No recuerdo. No vale la pena rememorar la ruina. Cierro los ojos con una taza naranja levitando entre mis manos entrelazadas. Recuerdo. No quiero recordar.
En el sueño, la virgen negra me bendice y la veo cubierta de colores. Y sin embargo la muerte. La escucho recitar lentamente en un océano de imágenes: hay un lugar al cual ir. Trato de ver por la ventana. Imaginarme que el cielo es gris y el viento esta compuesto por virus letales. La ciudad es mi ciudad: el lugar que llamo mi hogar. Una nefasta y pálida explosión intacta. Un antiguo instante ahogado en un laberinto de loops mágicos: es una nueva noche en mi Bogotá y tengo a donde ir.
La música me mira y le pico un ojo. Me devuelve un beso y la apago. Me echo la bendición frente a su rostro ciclópeo rojo.
Cierro la puerta y empiezo a bajar las escaleras.
El frío es un encanto imaginado. Etérea compañía infinita.
Quiero gritar, pero callo. Debo pasar desapercibido. Encontrarme con un anónimo informante y desplegar mis alas oscuras para simularme invisible. Lo sé. El instante es mínimo. “Nothing lasts forever”.
III.
“A lo lejos escucho la voz de la ciudad.” Y me quiero unir a su delirio. Soy quien soy. Trato de entender el misterio que rodea este sueño. Y me callo. Entre líquenes y brumas sospechosas. Hubiese querido encender otra luz, esa, la del recuerdo.
Pero cada paso es sólo uno más para lograr acariciar el fondo.
Salgo y me veo embadurnado de luces, bullicio, contaminación y dolor.
Rostros apremiantes que se cuelan por entre los intersticios de las almas secas y apagadas. Un grito, un lamento. Una oración, la respuesta.
Debo apresurarme para dar en el blanco.
Quizás llegar más temprano no sea lo adecuado. Y la zona se me abre en cuanto cruzo la Avenida 19 y me sumerjo entre los laberintos fantasmales de la carrera 11. “Es como un mundo sin rencor”. Veo a lado y lado como son devoradas inocencias y como otras, muchas más, se secan como cueros clavados con puntillas en una pared. Me miro también en una ventana. Una boca me persigue. Una boca-todo. “El juego es la vida”. Cruzo a la 12. Sombras inmediatas. Sonidos o quejidos. Un pago por el placer de tener un cuerpo o la respuesta a una equivocación cartográfica. Ya no tengo el poder. Mi luz es emocionalmente interna. Una clave con la voz distorsionada grabada en un sistema D.A.T. de 24 canales: “escucho que no moriré, sólo que voy a volver”.
Una mujer gime. Una herida nace. Una gota de sangre se coagula. Una niña es encerrada con un perro negro y bravo. Una chica se desviste. Un señor lame. Alguien se limpia. Otro exige más. Una vomita. Una cose. Una come. Una chupa. Uno grita. Uno muere. Una luz: demasiado tarde. La caída. El sueño.
Llego.
Carrera 13 # 19-41. Timbro.
De repente, como si todo fuese una broma, no hay voces. Espero.
Tengo mi alma temblando fuera de mí. El susto.
¿La clave? Me dice alguien del otro lado de la puerta.
Pienso: “ya no importa si hay un Dios que quiere morir” y la digo: “se queja constante, escucho su lamento”. Un cerrojo se corre y sigo al infierno. Paso, ésta será mi casa.
Demasiada oscuridad para entender un rostro, doy pasos siguiendo a un guía invisible. Mario Mendoza, me dice. Quedo, por un segundo, impedido para responder cualquier cosa. Me sumerjo en un temblor que empieza a gritar. “Justicia que proclama el terror, justicia que proclama el horror.”
IV.
Estrechamos las manos. Tenía una taza de café negro sostenida contra su pecho. Humeante aún.
Sus ojos tenían la capacidad de atravesar de lado a lado. Sentí miedo. Desvié la mirada hacia una ventana, y dije: “Bogotá puede ser lo que sea, pero de noche es tan poética”…
-“Bogotá y la puta”, dice.
Se oye un silencio mientras la ciudad sigue su proceso agónico con la calma y la resignación que la hace tan bella.
-Va por buen camino, dice. Chacón Guarnizo nunca fue una persona fácil de encontrar.
Y mientras sigue imperturbable en su santa misión de convertir la bebida negra en elemento santo para su espíritu, presiento el instante que se va a avecinar.
La esquina ofrece un despliegue cuasi-infinito de prostitutas abandonadas, tremorosas, pálidas, desnutridas, fuertes, asesinas, contagiosas, relevantes, gastadas, profundas, bellas, groseras, lentas, de fuego.
La asfixia eterna acomete esta vez con su disfraz de deseo.
Mario Mendoza ha desaparecido y el mapa que ha quedado en una servilleta debajo de la taza congelada de un café oscuro es lo único que queda de una visión.
Ninguna voz por aquí.
Como si fuera un barco con capacidad para seis millones de habitantes, siento que Bogotá va navegando por el río…de lágrimas verdes, mutadas por el smog, desfasadas.
Una luz invisible de color rojo anuncia la llegada a la puerta.
Eclosiono.
Una tormenta de voces de putas mayores de edad me desnuda. Zombis ectoplasmáticas. Y el semen es vertido, anhelado o confundido con agua bendita.
Ahora, ese soy yo.
“On my end I trust in”.
V.
La muerte es algo quieto, cargado de mucho silencio y vasta.
Todo aparentemente, desaparece, pero esta al lado nuestro, eso se siente.
Paredes, voces, humedades, manchas, sombras, gritos, canciones, desesperos.
Oigo como el fantasma fosforescente de Mario Mendoza regresa. Se ríe.
Los pasos de tacones usados han quedado en el eco del cemento.
Entonces como ahora, el vacío.
Mis ojos, a pesar de haber sido extraídos de su órbita, lucen cerrados.
Y mientras me aclimato a esta nueva y repentina temperatura, Mario Mendoza recita: “muero con los ojos tan abiertos, sereno” y empiezo a dudar de si los cerré o no momentos antes de morir. “Muero respirando el vaho espeso de Bogotá” y cómo una luz de sanación, comprendo que todo esto me deja ad portas de cumplir mi misión: “muero sin dolor alguno, sin esperanza”; camino por una alcantarilla de luz que cubre mi mirada. Toda esa luz que se debe ver con el cuerpo entero, porque por los ojos no cabe. Cruzo puertas y atravieso recovecos de sótanos encendidos. Y comprendo que no es el infierno, porque no siento arder mis deseos ni mis pasiones. “Just remember this fuck”.
VI.
Los ecos de cualquier otro tiempo en medio de cualquier otra era. Recogido y recostado. Mientras adentro el mundo gira en reversa a tal velocidad que lo reconozco todo al permanecer estático.
“Mañana cuando el sol vomite la ciudad” que me ha tragado.
Trato de supurar el ánimo inquieto de mis heridas. Y mis manos son la fuente del eco del dolor permanente. Así, como un insecto detenido en una gota de saliva de Dios. Ida y vuelta. Noche y parque. Árbol y color. El sueño, en mi sueño, el sueño.
Por un momento trato de engullir esta luz absoluta que me consume, que empieza, lentamente, a formarme.
Siento que voy a prisa. No lo sé.
Vuelco todo mi pasado en una palabra. La búsqueda parece no llegar a su fin.
Destino herido de piedra. Mi piel fría entre el sueño habitado. Solo.
Es en este momento cuando todo se confunde con la rueda de la vida, y desde allí, la voluntad sólo permite una repetición más.
Desde el fondo de este mar de luz, busco la superficie. “It´s so simple”.
VII.
Trato de recordar todo. Una vez más, por una vez más.
Y todo es una simple oración enferma que tantea en mi oído. Mil y mil veces. De uno y otro lado. Vivo y muerto. Adentro y afuera. Tanteando un precipicio y la respiración que se da hacia él mismo. Abro los ojos. “No tengo voz para gritar al vacío eterno que cuelga de mi esencia”. Respirando al borde de la herida que noto sangrar en la calle. Hallando la puerta. No hay otra. Entrada únicamente.
Alguien blande una historia con ojos de noche. Me asomo a la ventana. No hay nadie aquí. Ni siquiera parezco reflejarme en el vidrio mientras afuera llueve torrencialmente. Estoy sobre la línea de sentencia y ahora, detrás de la sombra, me río. Y no sueño. Porque todo ha quedado destruido y perdido.
Y la ciudad esta sola. Y se oyen romper las barreras. Y todo el mundo esta solo y es tan graciosamente inevitable. Y afuera todos son lo mismo. Y ya no puedo salir de acá. Y río. Y río. Y la ciudad es sólo un río de almas que no pueden abrazarse jamás… jamás… jamás… y “we can’t avoid dying”
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