Con cada palabra, o cada esquina que clama por ser tocada con la punta de mi dedo, mi mundo da esa otra agónica aceleración, acercándose, guijarro a guijarro a la orilla del (otro) sueño.
Doy la voz, pero nunca los pasos.
Y mi rastro -colándose entre los labios tibios de una mujer mamífera que permaneció dentro de mi costado hasta que rompí la piel que me aferraba a un pálido murmullo- fue hallado.
Soy una pasión, un encanto, un hechizo.
Soy cada palabra que clama por ser tocada con la punta de mi paciente alma.
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