La ciudad es mi centro. El núcleo divino cuya esencia recorro a mi antojo.
No doy. No puedo ya brindar la lentitud que poblaba mi estancia desaparecida.
En cuanto el otro yo cruza la calle para cerciorarse de que nadie ha quedado dentro de la urna de tiempo, afuera el viento sólo palidece el refugio.
Sólo queda algún clamor pagano que mantiene encendida la hoguera. O el recuerdo. O la puerta hacia una salvación que nadie solicitó. O el factor equilibrante que puede quebrar dos o tres veces la misma acción introyectiva.
jueves, noviembre 06, 2008
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