Hay una voz afuera que aún vive porque se le oye, con dificultad, respirar.
Aunque esté sola.
Cruza una sombra y la escupe.
Es una voz que clama por asirse a un cuerpo. A uno vivo. A uno tibio.
La voz no tiene ojos, aunque supo algún día lo que ello significó.
Mirar. Errar. Levitar.
Yo callo.
Tropiezo con el fuego de la última ruina, y la voz me identifica.
Y quiere hablar.
No hay ninguna señal de la huella potente que pueda dejar al cruzar un océano nocturno para llegar hasta mí.
No hay, tampoco, duda.
Sólo la salvedad de un encuentro.
Pero desaparezco entre las fauces de una inquietante pared de ladrillo espeso, y la veo confundida, tratando de hallar una isla en la cual descansar.
Nada es perpetuo, tampoco.
Y el vacío que se vuelve a cernir sobre nosotros, habitantes de un estrecho límite que jamás se atreverá a romper su propia frontera.
jueves, febrero 05, 2009
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